Las estrellas que más brillan, esas que deslumbran en la noche y que a veces parece que van a desgarrar el manto del cielo, esas que dan calor en las noches frías y solitarias y que al contemplarlas sientes que nada malo puede sucederte jamás, nunca mueren ni se apagan.
Se convierten en leyendas.
Puede que a veces, en medio de las sombras y la niebla no acertemos a divisarlas en medio de la oscuridad pero, si alguna vez hemos tenido el privilegio de llegar a contemplarlas, sabremos sin el menor género de dudas que allí están inmutables y manteniendo todo el esplendor y el brillo que las hace diferentes.
Hay quienes prefieren fijarse en otras, más sencillas, menos ardientes y más grises. De esas que llenan de pequeños puntitos diminutos las noches pero que eres incapaz de nombrar con certeza y ni siquiera puedes distinguir de otras similares que no destacan y son tan simples y tan iguales entre sí.
Siempre son más fáciles de observar y de comprender. Nunca son estridentes, ni chirrían, ni provocan dudas ni reproches. Están ahí por estar y punto. Son como unas viejas zapatillas confortables que te pones para andar por casa.
Pero las otras, las que brillan con luz propia, las que ahogan, las que enamoran, las que provocan pasiones, embriagan los sentidos y destruyen y consumen a los pequeños planetas que las rodean, esas son raras aves nacidas para ser diferentes y para inspirar los corazones de los que las contemplan.
A veces resultan incomprensibles y a veces nos irritan profundamente pero, sin ellas, la vida sería un tibio páramo desolado en el que cada día sería igual al anterior y en el que las horas transcurrirían lentas y perezosas esperando que llegase el final que, al menos, acabase con el tedio y el hastío.
Ella brilló siempre y sigue brillando.
Ríe de forma estridente y a veces irrita el sonido que produce pero, siempre, resulta tan franca espontánea y sincera que, transcurrido el primer instante, no puedes más que contagiarte de su risa y comprobar que en tu cara hay una mueca inconsciente de felicidad, porque ella ríe.
Llora, con lágrimas incontroladas que le nacen de dentro, que no puede reprimir (aunque a veces lo intente) pero que apetece lamer de su rostro para saborear quién sabe que oscuros brebajes prohibidos.
Y ama. A la vida sobre todas las cosas. A ella misma (sí) pero también a todos aquellos a los que mira con infinito cariño y ternura tratando de escudriñar todos sus secretos y sorprendiéndose como una niña pequeña que no puede evitar la alegría que se le escapa del rostro a borbotones, cuando siente que conecta con el corazón de otro ser cercano.
Y folla (sí, con todas las letras) con la alegría bendita (pasados los miedos y las cortapisas del primer momento) de quién siente la carne caliente de su amante entre sus muslos encendidos y la lengua que devora la suya y se enreda con ella en un juego de calor, pasión y fluidos que no necesitan ni buscan un mañana.
Vive el momento, real, apasionada y ajena en su encierro, en un micromundo ajeno al exterior que parece olvidar todo lo que una vez hubo fuera.
¿Qué coño importa el mañana si no puedes beberte el hoy hasta emborracharte de él?
Quizás no haya mañana pero ¿a quién coño le interesa el futuro si como decía la canción “ese monstruo no vendrá”?
Así que hoy es hoy y ahora es ahora. Y no existe nada más que el presente. Y el pasado es una sombra aplastada por el olvido.
Todo es incierto y desconocido y lo que ahora parece negro, quién sabe si ya es blanco absoluto y lo desconocemos engañados por historias y guiones que nosotros mismos hemos creado en nuestra cabeza.
Soñar, al fin y al cabo, es el mayor regalo y el más grande privilegio que alguien nos ha concedido.
*Para Palpatine: "Porque nunca dejo de ser esta que describes"*
Se convierten en leyendas.
Puede que a veces, en medio de las sombras y la niebla no acertemos a divisarlas en medio de la oscuridad pero, si alguna vez hemos tenido el privilegio de llegar a contemplarlas, sabremos sin el menor género de dudas que allí están inmutables y manteniendo todo el esplendor y el brillo que las hace diferentes.
Hay quienes prefieren fijarse en otras, más sencillas, menos ardientes y más grises. De esas que llenan de pequeños puntitos diminutos las noches pero que eres incapaz de nombrar con certeza y ni siquiera puedes distinguir de otras similares que no destacan y son tan simples y tan iguales entre sí.
Siempre son más fáciles de observar y de comprender. Nunca son estridentes, ni chirrían, ni provocan dudas ni reproches. Están ahí por estar y punto. Son como unas viejas zapatillas confortables que te pones para andar por casa.
Pero las otras, las que brillan con luz propia, las que ahogan, las que enamoran, las que provocan pasiones, embriagan los sentidos y destruyen y consumen a los pequeños planetas que las rodean, esas son raras aves nacidas para ser diferentes y para inspirar los corazones de los que las contemplan.
A veces resultan incomprensibles y a veces nos irritan profundamente pero, sin ellas, la vida sería un tibio páramo desolado en el que cada día sería igual al anterior y en el que las horas transcurrirían lentas y perezosas esperando que llegase el final que, al menos, acabase con el tedio y el hastío.
Ella brilló siempre y sigue brillando.
Ríe de forma estridente y a veces irrita el sonido que produce pero, siempre, resulta tan franca espontánea y sincera que, transcurrido el primer instante, no puedes más que contagiarte de su risa y comprobar que en tu cara hay una mueca inconsciente de felicidad, porque ella ríe.
Llora, con lágrimas incontroladas que le nacen de dentro, que no puede reprimir (aunque a veces lo intente) pero que apetece lamer de su rostro para saborear quién sabe que oscuros brebajes prohibidos.
Y ama. A la vida sobre todas las cosas. A ella misma (sí) pero también a todos aquellos a los que mira con infinito cariño y ternura tratando de escudriñar todos sus secretos y sorprendiéndose como una niña pequeña que no puede evitar la alegría que se le escapa del rostro a borbotones, cuando siente que conecta con el corazón de otro ser cercano.
Y folla (sí, con todas las letras) con la alegría bendita (pasados los miedos y las cortapisas del primer momento) de quién siente la carne caliente de su amante entre sus muslos encendidos y la lengua que devora la suya y se enreda con ella en un juego de calor, pasión y fluidos que no necesitan ni buscan un mañana.
Vive el momento, real, apasionada y ajena en su encierro, en un micromundo ajeno al exterior que parece olvidar todo lo que una vez hubo fuera.
¿Qué coño importa el mañana si no puedes beberte el hoy hasta emborracharte de él?
Quizás no haya mañana pero ¿a quién coño le interesa el futuro si como decía la canción “ese monstruo no vendrá”?
Así que hoy es hoy y ahora es ahora. Y no existe nada más que el presente. Y el pasado es una sombra aplastada por el olvido.
Todo es incierto y desconocido y lo que ahora parece negro, quién sabe si ya es blanco absoluto y lo desconocemos engañados por historias y guiones que nosotros mismos hemos creado en nuestra cabeza.
Soñar, al fin y al cabo, es el mayor regalo y el más grande privilegio que alguien nos ha concedido.
*Para Palpatine: "Porque nunca dejo de ser esta que describes"*